lunes, 14 de noviembre de 2011

La Red Avispa, el FBI y un restaurante de Hialeah

Testimonio: La Red Avispa, el FBI y un restaurante de Hialeah
Última actualización Monday, 14 November 2011

Tras su llegada a Estados Unidos, el profesor Edgerton I. Levy
-entrenado como el agente Ariel en Cuba- contactó a los agentes del FBI
antes de restablecer cualquier vínculo con la inteligencia cubana.

El simulacro de salida ilegal de Cuba había resultado una verdadera
odisea. La misión encomendada era a largo plazo y comprendía una
recomendación que Levy no pudo escuchar sin sentir un estremecimiento
interior: debía ver a su hijo Daniel como un posible continuador de las
labores de sus padres en territorio estadounidense.

Levy, su esposa Ivette Bermello y Daniel fueron acogidos como balseros
en el Hogar de Tránsito de Cayo Hueso el 24 de junio de 1993 y
entrevistados por los medios locales, incluyendo un equipo de Radio
Martí. Cumplido el primer paso, desde ese momento la preocupación
primordial del matrimonio fue hallar la mejor alternativa para contactar
a las autoridades estadounidenses y ponerlas al tanto de la real
encomienda que los había traído desde La Habana a Miami.

En esta cuarta y última entrega de su testimonio, Levy nos revela los
pasos que lo llevaron a primer contacto con el FBI y a propiciar el
control de la Red Avispa prácticamente desde su asentamiento en
territorio del sur de la Florida. Curiosamente, todo parece haber
comenzado en un popular restaurante de Hialeah.

Este relato y los anteriores de la serie publicada en CaféFuerte forman
parte de un libro testimonial que Levy tiene actualmente en preparación.

RESTABLECIENDO EL CONTACTO

Por EDGERTON LEVY

Una vez que culminó el proceso que oficializó nuestra estancia en los
Estados Unidos, nos llevaron al Hogar de Tránsito para los Refugiados
Cubanos -popularmente conocida como la Casa del Balsero-, donde ya se
encontraba esperándonos un equipo de Radio Martí que nos hizo una breve
entrevista. A la mañana siguiente, Arturo Cobo, coordinador del Hogar de
Tránsito, citó a un reportero del Canal 7 (WSVN-TV) para que nos hiciera
otra entrevista, que fue ese día televisada, reportando nuestro arribo a
tierras de libertad. Estas entrevistas y una pequeña nota aparecida en
El Nuevo Herald dos días después, el 26 de Junio de 1993, fue toda la
cobertura que tuvimos.

No haber contribuido a desarrollar un show mediático, como nos habían
ordenado que hiciéramos a nuestro arribo, fue el primer gran
incumplimiento de las órdenes que traíamos. La idea consistía -según nos
fue planteada- en que el exilio acogiera con bombos y platillos a dos ex
oficiales de las Fuerzas Armadas, dos ex profesores universitarios y dos
ex militantes del Partido Comunista, quienes habían decidido abandonar
la isla en desacuerdo con el régimen. Ello presuponía, por experiencias
anteriores acumuladas, que se nos abrieran las puertas para encaminarnos
al logro de los objetivos que inicialmente nos habían ordenado penetrar:
la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), Cuba Independiente y
Democrática (CID) y el Partido Unidad Nacional Democrática (PUND).

Evitar que nuestro arribo tuviera trascendencia, nos permitió eludir
vincularnos a actividad política alguna. Estábamos en un terreno
totalmente desconocido para nosotros, en el que debíamos primero
orientarnos para no dar pasos en falso. Mantenernos alejados de toda
actividad política, sería una constante a partir de este momento y así
nos propusimos que fuera mientras pudiéramos obviarlo, pues sabíamos
que al menos durante los próximos seis meses, no se restablecería el
contacto con la Inteligencia cubana operando en territorio americano.
Por lo que había un margen suficientemente amplio como para buscar una
salida a la situación poco común en que nos encontrábamos y hallar la
mejor forma de revelarle nuestra "misión" a las autoridades americanas.

Conjuntamente con la preocupación inicial que todo inmigrante tiene de
resolver un techo y trabajo para poder mantener a la familia, tuvimos
que enfrentar además, un reto adicional: ¿cómo deshacernos de los lazos
que nos ataban al régimen cubano? De haber tenido que responder por
nosotros solamente, todo hubiera sido mucho más sencillo. Nos hubiéramos
desvinculado de esta actividad y ahí acababa todo. Pero en Cuba habían
quedado nuestros hijos de matrimonios anteriores y teníamos que evitar
que ellos pagaran las consecuencias de nuestra decisión. Temíamos que si
se hacía obvio que nos desentendíamos de las misiones encargadas dentro
del exilio, ellos hubieran podido utilizar a nuestros hijos para
extorsionarnos y obligarnos a proceder acorde a sus intereses. Estábamos
obligados a hallar una solución que nos permitiera sobrellevar la
situación, o sea, aparentar que al menos estábamos intentando cumplir
las tareas que nos habían sido asignadas, hasta tanto lográramos sacar a
nuestros hijos de la isla. La dimensión de la tarea a enfrentar, hizo
que nuestros primeros meses en Estados Unidos fueran en exceso
angustiosos, además de lo difícil que habitualmente resultan para todo
inmigrante.

Mi esposa y yo estuvimos durante largas horas intercambiando opiniones y
evaluando diferentes alternativas. Desde Cuba, sabíamos que no íbamos a
hacer nada en contra del exilio ni de este país, pero no teníamos idea
de cómo salir de la situación en que nos encontrábamos. Sólo estábamos
seguros de que teníamos que poner en conocimiento de las autoridades
americanas las intenciones que la Dirección de Inteligencia (DI) tenía y
cuál era nuestra posición al respecto. Y teníamos que hacerlo antes de
restablecer el contacto con La Habana. El problema radicaba en cómo
hacerlo, sin que trascendiera.

Por suerte, del propio desarrollo de nuestras actividades cotidianas
brotó la solución. Yo había comenzado a trabajar en The Four
Ambassadors, un gigantesco condominio situado al final de la céntrica
Calle Ocho, en la zona de Brickell, compuesto por cuatro edificios de
más de 20 pisos cada uno, unidos por un lobby común. Tener en mis manos
el control de las tarjetas que mediante un sistema computadorizado daban
acceso a cada uno de los edificios y al garaje que ocupaba todo el
sótano del complejo, fue lo que me permitió encontrar una vía segura
para salir de la encrucijada en que nos encontrábamos.

Sucedió que en varias oportunidades la gerencia del condominio me pidió
que permitiera a oficiales del FBI enviados a mi oficina, acceder a los
listados de entradas y salidas que diariamente se computaban. Las
razones -valga de paso decir- nunca me las dijeron, ni yo las pregunté.
Al reiterarse estas visitas, me fue posible establecer una relación
directa con uno de estos oficiales, en un marco absolutamente privado y
ajeno a cualquier tipo de sospechas, ya que esta actividad era realizada
dentro de mi oficina a puerta cerrada y sin acceso al público que
habitualmente concurría. Cuando consideré oportuno el momento, le
expresé a este oficial, que tenía informaciones de importancia que
deseaba poner en conocimiento de quienes trabajaran en la sección de
contrainteligencia relacionada con Cuba. El oficial prometió ponerme en
contacto con alguien en posibilidad de canalizar mis inquietudes e
informaciones y se quedó con el número de mi beeper, que era entonces la
forma más directa de comunicación que existía. Sólo le pedí que no
deseaba hablar con ningún oficial de origen cubano o latinoamericano, lo
cual entendió.

Algunos días después de haber tenido la conversación con el oficial del
FBI, en el beeper me pusieron un número de teléfono. Al llamar, me
indicaron que debía ir a una determinada cabina telefónica, en una fecha
y a una hora específica, a la caída de la tarde, donde debía esperar una
llamada. Ese día, salí con tiempo suficiente para contra-chequearme
durante el recorrido y al contestar el teléfono, en el lugar y hora
establecida, me dijeron qué camino tenía que estrictamente seguir para
dirigirme desde donde me encontraba, hasta llegar al restaurante
Denny's, ubicado en la 49 Calle y la 10 Avenida, en Hialeah. Al llegar,
ya me estaban esperando dos oficiales del FBI, quienes inmediatamente me
identificaron y me invitaron a comer algo.

La reunión transcurrió de forma muy cordial y sosegada. Los dos
oficiales con quienes me reuní, trataron en todo momento que yo me
sintiera lo más confortable y relajado posible. Escucharon siempre
atentamente, sin ejercer ningún tipo de presión ni hacer
cuestionamientos. Preguntaron, cuando lo consideraron prudente o
necesario, y se limitaron a tener una idea lo más general y abarcadora
posible, de los planteamientos que hice. En esencia, expresé cuales eran
las intenciones de la Dirección de Inteligencia al prepararnos y
viabilizar nuestra salida hacia los Estados Unidos, dejando en claro
cuales fueron las verdaderas razones por las que, tanto mi esposa como
yo, decidimos aprovechar esta oportunidad para irnos de Cuba.

Les expliqué que nuestros hijos de matrimonios anteriores quedaron en la
isla y que por ello estábamos obligados a mantener nuestras relaciones
con la Dirección de Inteligencia y sobrellevar la situación, hasta tanto
lográramos sacarlos. La ayuda de ellos en la medida de lo que fuera
posible para viabilizar la salida de nuestros hijos de la isla, era lo
único que pedíamos a cambio de nuestra total y completa colaboración.
Reiteré, además, mi deseo de no tener relación con ningún oficial de
origen cubano o latinoamericano. Quedamos en que oportunamente se
pondrían de nuevo en contacto conmigo.

No pasaron muchos días cuando se repitió más o menos el mismo proceso
anterior para ponernos nuevamente en contacto en persona. Ahora, el
camino a recorrer desde la cabina telefónica fue mucho más largo, pues
estando en Hialeah tuve que ir hasta la I-95 rumbo Norte hasta Pines
Boulevard y al Oeste hasta el "C.B. Smith Park", en la confluencia con
Flamingo Road, en el condado de Broward. En esta oportunidad, me reuní
con los oficiales que a partir de este momento nos atenderían. Ahora, en
un ambiente campestre, al aire libre, bajo una frondosa arboleda,
coordinamos de forma muy general la manera en que a partir de este
momento íbamos a trabajar, cómo comunicarnos y cómo los mantendríamos al
tanto del proceso mediante el cual restableceríamos el contacto y
nuestra posterior labor con la inteligencia cubana.

A esta reunión inicial siguieron otras, algunas con la participación de
mi esposa, donde en esencia conocieron de nuestras vidas en Cuba y del
proceso de entrenamiento y salida hacia Estados Unidos. De esta forma,
quedó establecido el nexo con las autoridades americanas, mucho antes de
que fuera restablecido nuestro contacto con La Habana. Y a partir de
entonces absolutamente nada, quedaría fuera del conocimiento de los
oficiales del FBI con quienes nos mantuvimos en estrecha colaboración,
hasta el desenlace final de esta historia.

De la misma serie:

Red Avispa: las misiones que no deben olvidarse
De cómo fui captado para integrar la Red Avispa
El agente Ariel a prueba de sicólogos
Mi salida ilegal con supervisión de oficiales cubanos

http://cafefuerte.com/2011/11/14/testimonio-la-red-avispa-el-fbi-y-un-restaurante-de-hialeah/

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