lunes, 17 de octubre de 2011

La patria del espía

Publicado el lunes, 10.17.11

La patria del espía
Alejandro Armengol

Entre lo mucho que se comenta sobre el recién liberado espía René
González, es que éste estaría dispuesto a renunciar a su ciudadanía
norteamericana para poder ser entonces deportado a Cuba.

Creo que la deportación de González es la mejor solución para ambos
países, Cuba y Estados Unidos, y me parece que éste debería tener todo
su derecho a renunciar a la ciudadanía estadounidense.

Sin embargo, cuando el asunto se traslada del individuo al Estado –y en
este caso la persona no es más que un instrumento de un gobierno– vuelve
a resultar desproporcionada la distancia entre lo que el gobierno cubano
pide o exige y lo que concede.

Cuba debería comenzar por reconocer el derecho a la doble ciudadanía, o
al menos poner en práctica la ley constitucional –vigente pero no
aplicada– que hace que la ciudadanía cubana se pierde cuando un
ciudadano acepta otra nacionalidad.

De esta forma, cualquier cubanoamericano –una denominación que define
una categoría de origen, pero no establece un status migratorio o una
legalidad ciudadana– tendría el derecho a entrar a la isla con su
pasaporte cubano, sin tener que renovar o adquirir el cubano. Es decir,
mientras en Estados Unidos la distinción entre ciudadanía por nacimiento
y ciudadanía por naturalización rige en muy pocos aspectos de la vida
cotidiana –al punto que en muchos casos sólo se recuerda en el caso de
que a la persona se le ocurra la horripilante idea de aspirar a la
presidencia del país–, en la isla es una especie de letra escarlata, que
por la gracia del gobierno de los hermanos Castro uno no puede quitarse
de arriba.

No es ni siquiera pedir que la nación cubana se comporte como el resto
de muchos países civilizados, y permita la doble o la triple ciudadanía,
en momentos en que han desaparecido muchas fronteras y los trámites de
visados se han simplificado, a pesar de los retrocesos impuestos por las
diversas amenazas terroristas. Es simplemente dar la opción de entrar
como ciudadano cubano o como norteamericano al que ha adquirido esta
condición.

Por supuesto que en esos casos el Estado cubano podría exigir la
correspondiente visa, a falta de un tratado migratorio al respecto, pero
el visitante tendría la opción de entrar a su país de origen con el
respaldo de un país. ¿Quién respalda ahora al inmigrante o exiliado que
vuelve a la isla? El gobierno norteamericano se lava las manos con
razón, y lo establece bien claro. Quien, pese a tener un pasaporte de
Estados Unidos saca uno cubano para entrar a la isla, está haciendo una
renuncia temporal y explícita de ciertos derechos que le brinda su país
de adopción. Se colocaba bajo una espada de Damocles por condiciones
familiares o personales. Pero en última instancia acepta la renuncia a
muchos de los derechos que recobró al abandonar Cuba, sea por un par de
semanas o por un período más largo.

La respuesta a esta disyuntiva no debe ser una imposición por parte de
otro Estado, como una prohibición o límite a los viajes, sino un reclamo
del exilio. Desafortunadamente eso no existe. En Miami, por ejemplo, la
mayoría de las organizaciones de exiliados se pierden en una falsa
beligerancia, cuando no en un puro negocio a costa de la disidencia y la
oposición en la isla. En lo que respecta al gobierno cubano, sólo le
interesa un exilio de borregos, formado por mansos viajeros a los que se
exige, en el menor de los casos, pasividad y obediencia sin chistar.
Pero no basta con ello. Desde hace años hay toda una campaña ideológica
y de propaganda que plantea como requisito fundamental, para adquirir la
medalla del buen inmigrante, el respeto a la "soberanía" cubana.

Resultaría un mal chiste si no fuera patético. La caldosa de
"soberanía", "patria" y "nacionalismo" comenzó a cocinarse en Cuba tras
la desaparición de la Unión Soviética, el fin del uso del término
"internacionalismo proletario" y la conclusión de las aventuras
guerrilleras en todo el mundo. Hasta entonces, la unión mundial de los
proletarios había sido la norma del marxismo leninismo. Primero como
ideal central, durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución de
Octubre, y luego como disfraz del expansionismo soviético. Pero más allá
de sus tergiversaciones –o a consecuencia de ello– el concepto fue un
avance de lo que vendría después. ¿Qué es la globalización sino el
internacionalismo corporativo? Sin marchas ni consignas, se ha impuesto
una forma de internacionalismo que avanza y retrocede, pero al que ya es
imposible abandonar incluso en época de crisis mundial.

Al ver amenazado su mundo de intercambios socialistas, el gobierno
cubano retrocedió ideológicamente a un refugio del siglo XIX y a una
exaltación patriotera de escuela elemental y logia de provincia. Tras
años en que los cubanos fueron relegados a l fondo de la fila por la
llegada del último guerrillero y el próximo becado, comenzó a repetirse
que esos condenados a la cola estaban orgullosos de su origen patrio y
que reclamaban desde su lejano turno que se "respetara la soberanía".

Matrimonios de todo tipo, alianzas casi imposibles y reniegos de las
luchas independentistas cuando miles de cubanos se lanzaron a
reconquistar la ciudadanía española no han bastado para que se siga
repitiendo, en las agencias cablegráficas, discusiones de expertos y
programas de televisión de todo tipo, que los cubanos son los patriotas
más furibundos que se conocen sobre la tierra. ¿Ignorancia, oportunismo
o ganas de no buscarse problemas?

http://www.elnuevoherald.com/2011/10/17/v-fullstory/1044500/alejandro-armengol-la-patria-del.html

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